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Para empezar, es fundamental decidirse a ordenarlo y comprometerse a hacerlo (que es el paso más difícil). |
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El segundo paso es armar un plan de acción para evaluar el mejor uso del espacio. No se trata de sacar y amontonar todo, sin la menor idea de cómo resolverlo, sino de buscar un método para “normalizarlo”. En otras palabras, decidir, previamente, qué queremos y cómo, de manera que nos facilite la búsqueda, sin complicar nuestra rutina diaria. |
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Luego, tener claro que no es cuestión de poseer gran cantidad de prendas sino que es la funcionalidad entre ellas, lo que nos permitirá encontrar el balance justo para armar distintas combinaciones (uno de los errores más comunes cuando estamos desorganizados, es comprar prendas repetidas). |
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Ser conscientes que el desastre no se produce en un día. Tampoco pretendamos, entonces, reestructurarlo en el mismo tiempo. Para que sea menos agobiante, el trabajo puede hacerse en etapas, comenzando por las zonas que más nos molestan, por ejemplo, con el área de colgado, cajoneras, estantes, etc. |
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Una vez despejado, con todo a la vista y a mano, será más sencillo comprobar si, realmente, nos falta algo para completar nuestro vestuario. |
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Por último, mantener el orden y la limpieza y no me refiero únicamente a acomodarlos, sino a ir descartando aquellas prendas y accesorios, que tengan por lo menos tres temporadas sin haber salido del armario. |
| Lo que cuenta es cómo utilizamos nuestro ropero, no cuánto espacio tenemos. Que sea funcional o decorativo, depende de vos |